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En la mente de un joven autista

Experiencia

Iván Gutiérrez tiene 25 años, tiene TEA (Trastorno del Espectro Autista) y egresó de ingeniería en informática. Aquí, en conversación con «Sábado», explica en primera persona cómo se sobrepuso al bullying que sufrió y a los pesimistas pronósticos médicos. Pero, sobre todo, su relato es una guía para entender cómo piensan y sienten quienes viven encerrados en este trastorno.

A los 3 años fui diagnosticado de Trastorno del Espectro Autista (TEA). Era 1997 y le dijeron a mi madre que yo iba a ser un mueble, que no iba a poder hablar y que no podría estudiar en la enseñanza básica, ni en la media, ni menos llegar a la universidad.

Sin embargo, ahora, con 25 años, acabo de egresar de Ingeniería en Informática en el Inacap y me saqué un 5,5 en mi práctica profesional en la CGE, la Compañía General de Electricidad, en Las Condes. Ahí tuve que hacer encargos de bases de datos y páginas webs como estudiante en práctica. Lo pasé bien y me trataron bien, distinto del colegio y de la universidad. Llegué y les expliqué cómo yo era y entendieron mis obsesiones, me escucharon y comprendieron.

Algunas de mis obsesiones son hablar de música, del metro, de historia o de fútbol. De niño tuve un amigo llamado René, con el que podía compartir esos gustos. Él supo desde el inicio que yo específicamente tenía síndrome de Asperger. Con René fuimos compañeros y amigos de tercero a sexto básico en el colegio La Cantera, de Ñuñoa, donde hice casi toda mi enseñanza básica. Era un amigo muy querido para mí, siempre me defendía cuando me trataban mal por ser diferente.

Cuando nos conocimos, de hecho René vio que me estaban molestando otros estudiantes. Me decían insultos por mi color de piel, porque soy moreno. También me hacían bullying porque soy distinto. Y yo me sentía mal. René me ayudaba siempre a sacarme esos molestosos de encima. Siempre acudió en mi rescate.

Por mi condición, me cuesta hacer amigos, me cuesta entender algunas normas de comunicación social y, por ejemplo, también a veces me cuesta entender las bromas. Y algunas personas no entienden eso de mí. Y cuando me rechazaban, o me rechazan en la actualidad, me siento mal y me da rabia. Me enojo, porque no merezco un trato así. Igual siento que mucha gente me quiere y que poca gente en verdad me trata mal.

Recuerdo que cuando René se cambió de colegio, en sexto básico, me sentí solo. Algunas veces volví a verlo, pero no como antes. Ahora que salí en las noticias por haberme titulado, he vuelto a hablar con él por redes sociales. René no era como yo. No tenía mi misma condición, pero hablábamos de chicos de varias cosas en común sin problemas. De alguna manera me contagió el gusto por el fútbol. En quinto básico, específicamente. Él era de la U y a mí no me gustaba el fútbol, no me gustaba ningún equipo. Pero un día le regalé una camiseta de la U de color rojo alternativo. Tengo muy buena memoria y me acuerdo perfecto del día que se la di: el 18 de mayo de 2005. Por la amistad que teníamos, yo me empecé a hacer hincha de la U gracias a él.

En ese tiempo también hablábamos de 31 minutos , porque ambos éramos fanáticos, y me decía Tulio, porque me encantaba el personaje de Tulio Triviño.

Aprendí solo a tocar música. Tengo oído absoluto y soy hipersensible. Gracias, además, a mi buena memoria, pude aprender más fácilmente a tocar instrumentos de manera autodidacta. A veces me dice mi mamá que estas habilidades son como mis superpoderes. Memoria casi fotográfica, oído absoluto, memoria de elefante.

Toco charango, zampoña, instrumentos andinos. Me encanta la música andina. Aprendí solo, viendo videos de Illapu en YouTube. Cómo tomaban el charango, la mano acá, el dedo así. Me gusta ir a los recitales de Illapu también. Pero además de la música andina, adoro la música clásica, especialmente barroca: escucho a Vivaldi, Bach, me gustan otros del siglo XIX como Strauss, Brahms, Beethoven y Mozart.

El primer tema que saqué en un instrumento fue «El Mambo de Machaguay», de Los Jaivas. Soy autodidacta, pero, claro, tuve clases de música en los colegios. Y taller de música en La Cantera; de quinto a séptimo básico fui parte de un conjunto musical.

Ya de mayor, en el Instituto O’Higgins de Maipú, recuerdo que una vez mis compañeros me pedían que yo cantara. Y me seguían pidiendo que cantara cuando yo ya había terminado. Tenía 16 años y sé que no canto tan bien, pero me puse feliz de que me pidieran eso. Y seguí feliz cantando, porque no me di cuenta de que ellos lo hacían para burlarse de mí y de mi voz.

Yo estaba entusiasmado cantando el «Samba landó», de Inti Illimani, cuando llegó mi hermana menor, Catalina, a auxiliarme. Y me dijo: «Iván, aléjate porque capaz que te estén molestando». Y yo le dije: «No, no me están molestando». No me di cuenta de lo que estaba pasando. Ella tenía 7 años y siempre me protegía. Aún lo hace.

Me cuesta leer entre líneas, entender las bromas, pero igual me salen algunos chistes; los chistes de los humoristas me gustan. Por ejemplo, cuando me saqué las muelas del juicio me aprendí este chiste: que mi muela del juicio tuvo su Jueves Santo significa «me la sacaron», porque esa muela tuvo su última cena y tuvo su último día de permanencia.

Aparte de la música, adoro leer sobre la historia de las Guerras Mundiales. Primero me gustó la Segunda Guerra y con los años me gustó la Primera, cuando se cumplieron 100 años en 2014. Ahí empecé a profundizar en la Primera Guerra Mundial, en sus batallas, todo eso. Fue como una inspiración en mi vida. Una manera de sobreponerme a la adversidad y a aprender a luchar hasta el final. Nunca rendirse, nunca retroceder. Eso es para mí la inspiración que me da leer de historia: que hay que luchar, hay que perseverar hasta ser victorioso, hasta que me acepten como soy, eso es lo que yo quiero.

He tenido penas por el bullying que sufrí. Pero eso ya pasó y me siento mejor. Mi familia y mis amigos han sido muy buenos conmigo, desde siempre, me han apoyado en todo y agradezco eso desde el inicio: cuando de niño comencé a ir a la escuela de lenguaje.

Me costaba pronunciar las erres y hablar correctamente. Yo pienso más que nada en imágenes y era difícil para mí conjugar los verbos. Me costaba decir «yo quiero», decía «quiere», porque repetía lo que me decían: «qué quiere». También me costaba tomar los lápices y dibujar. La coordinación psicomotriz es difícil para niños con mi condición, y mi mamá y mi familia me ayudaron mucho a superar esas etapas.

No me cuestan nada, en cambio, los números, las matemáticas y, obvio, la historia. Siempre saqué buenas notas en esos ramos. Y en música.

Cuando comencé a estudiar Ingeniería en Informática en el Inacap me sentía a gusto, porque siempre me gustaron los computadores. Siendo niño me regalaron un notebook . Era un Samsung. Después tuve un Lenovo y ahora tengo un Asus. Amaba ver cómo hacer páginas webs, era lo que más me obsesionaba, y después hice páginas webs en la época universitaria, aprendí a programar, a hacer sitios webs y aplicaciones. Primero en la universidad me enseñaron a hacer eso en Java, después me enseñaron Visual Basic y luego lo que más perfeccioné fue C Sharp.

Pese a que me cuestan las habilidades sociales, hice dos buenas amigas de otra carrera: Administración de Empresas. Ellas son Odette y Yennifer. Las conocí en la misma sede. Yo siempre quería hablar, conocer, socializar con ellas. Tuve timidez al principio, pero gracias a un compañero primero me convertí en amigo de Odette y luego de Yennifer.

Les conté mi condición y me entendieron. Por ejemplo, la familia de Odette ha sido muy caballerosa, amorosa y empática conmigo. Me invitaron a su cumpleaños. Yo la invité varias veces al mío, a tomar once y a comer completos. Odette vive en Pudahuel, cerca del metro Barrancas.

A mí nunca, nunca me invitaron a un cumpleaños en la básica. Hasta la universidad. Nunca. Creo que no me invitaban porque no estaban tan interesados en mí, porque estaban enfocados en otras cosas. Y me daba una absoluta pena.

Hoy, además, tengo otros amigos que hice en mi carrera y uno también es autista. Es tres años menor que yo. Pero tiene un carácter diferente al mío, porque yo soy sensible; en cambio, él es pesado, más patudo. Los Asperger somos distintos, no hay uno igual a otro. Cuando mi amigo está triste o alterado, hablo con él y lo consuelo, lo tranquilizo. Le aconsejo, «sigue adelante, no importa si no quieren hablar contigo».

En estos años, desde el diagnóstico hasta hoy, mi camino ha sido demasiado largo, demasiado sacrificio para poder llegar a esto en términos de mi aprendizaje. A la forma en que hay que comportarse socialmente. Para mí, está lleno de luces y sombras, y todo ese sacrificio al final vale la pena. Gracias a mi dedicación, gracias a no rendirme, a mi perseverancia es que he podido llegar a este lugar. En Chile lo que falta es mayor información sobre el autismo, mayor empatía, mayor respeto, mayor tolerancia y mayor entendimiento.

Cuando me sentí discriminado, algunas personas con el tiempo estudiaron lo que es tener TEA y finalmente se dieron cuenta, al leer la información y ver lo que estaba pasando, de que yo era parte de ese espectro de autismo. Y supieron que se equivocaron conmigo, que me juzgaron mal. Y me acuerdo cuando me encontré a una persona que se equivocó conmigo en el colegio, una mujer, que me abrazó, me dio un beso, me pidió perdón. Eso fue inesperado.

Generalmente los autistas nos desregulamos por algunos estímulos sensoriales: un mall lleno luces o gente o cosas así. A mí lo que me produce esa desregulación son los ruidos muy fuertes. Una maquinaria arreglando la calle, por ejemplo, o cuando me sacaron el yeso de una fractura con una sierra. No lo podía aguantar.

También los autistas nos desregulamos con los cambios abruptos. Necesitamos rutinas claras. Los cambios nos angustian. Ahora nos vamos a cambiar de casa a Puente Alto, el 15 de enero. Y eso me angustia un poco. Con mi familia, hemos vivido 18 años en Maipú y he tomado estos días el metro hacia Puente Alto, pero por motivos de adaptación.

Me encanta el metro. Me regula. Me gusta el sonido de los trenes, por ejemplo, lo que más me gusta es el sonido de la línea 6 de los trenes y me gusta también la línea 4 cuando sale el tren brasileño. Cuando suena el riel, cuando se estaciona en la estación me siento muy tranquilo.

Voy a echar de menos Maipú, a muchos amigos que viven ahí y también de la universidad, de la sede Maipú donde estudié. A los amigos del colegio como de la U los voy a echar de menos.

Se vienen cambios en mi vida. Ya hice la práctica y ahora tengo entrevistas en IBM y en Bifort. Deseo ser autónomo y un aporte a la sociedad. Ojalá independiente cuando tenga más dinero y me salgan bien las cosas. Me gustaría vivir en un departamento. Es un sueño, entre Providencia y Las Condes, porque me gustan los edificios de esas zonas, me llaman mucho la atención los edificios de cristal y los del 80 en adelante: los caracoles y todo eso. Soy un hombre de ciudad. Amo andar en metro. Me gustaría aportar un avance tecnológico para el metro: una aplicación para los turistas, por ejemplo, una guía interactiva del metro de Santiago, no solo para los que viven aquí, sino para los turistas, ver la memoria de cada estación, en qué año se abrió, todos los datos y los lugares a su alrededor, lugares de atracción. Sería tan bueno trabajar en Metro.

A veces siento que tengo muchas ideas en la cabeza. Muchas cosas y andar en metro me calma. A veces me cuesta jerarquizar todas las ideas en mi interior, pero lo he logrado hacer. Creo que lo que más me preocupa es encontrar pareja. Para mí es muy difícil, desde el 2002 que no tengo polola. Cuando veo la foto de un amigo que tiene mi edad y que tiene polola, o veo gente pololear en la calle, me dan ataques de tristeza.

Muchas mujeres no entienden realmente cómo soy. No soy tanto de pedir pololeo, porque desde la última vez que tuve polola nunca me atreví a pedir pololeo para que no me malentiendan.

Pero bueno, hay cosas que me gustaría hacer para ayudar a otros autistas. Para empezar, decirles que admiro a otros autistas como Albert Einstein o como dicen que era Leonardo da Vinci. Me gustaría hacer charlas motivacionales, explicar mi experiencia y mis vivencias. Decirles que no tengan miedo, que no retrocedan, que sean perseverantes, que sean inteligentes, que no teman los desafíos, que sigan adelante, que vayan al frente y que luchen hasta que hayan sido reconocidos, como yo. Y que demuestren su fortaleza y capacidades. Que no se queden con las debilidades, sino que con sus fortalezas, porque eso les va a servir para ser mejores personas.

Fuente: Revista El Sábado – El Mercurio

Imágenes: Revista El Sábado – El Mercurio