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La era de las enfermedades mentales

Todo comenzó cuando perdió su cabeza. Dice la leyenda que Dimpna, una heroína cristiana del siglo VI, huyó de su Irlanda nativa luego que su padre -loco del dolor que le trajo la muerte de su esposa- desarrolló una pasión incestuosa hacia ella. Al verse rechazado por su hija una vez más, la decapitó en las tierras llanas que actualmente se conocen como Bélgica. Dimpna fue canonizada y en la Europa medieval se creyó que con su intervención divina se podía curar la locura. En Geel, un pequeño pueblo belga que forma un punto del triángulo con Bruselas y Amberes, se erigió su centro de culto. Ya para el siglo XIX, Geel había desarrollado un sistema de orfanato para enfermos mentales en el que los pacientes podían ser adoptados por familias, y cuando a comienzos del siglo XX el gobierno belga amenazó la existencia de esta práctica al decretar que los dementes debían vivir en instituciones, el pueblo se autodesignó como asilo. Su sistema sigue vigente hasta hoy.

El sistema de Geel puede ser muy exigente con las familias de acogida. No todo el mundo es el más adecuado para ser recibido en hogares -un alto riesgo de suicidio o una inclinación a la piromanía son, por ejemplo, condiciones que no se aceptan-, «pero la lista de excepciones no es tan larga», dice Bert Lodewyckx, quien lidera un grupo en el hospital local que cuida a los pacientes mayores. Geel es un pueblo de tan solo 35 mil almas en el que al menos 270 familias viven con personas que, en otras circunstancias, serían puestas en instituciones mentales. A las familias que acogen a los enfermos no se les dice nada sobre la historia psíquica de sus nuevos compañeros: «En un tiempo ser una familia de acogida era un privilegio, casi como tener un Mercedes Benz», explica Lodewyckx. A dichas familias se les paga cerca de 20 euros al día, pero, más que por plata, en realidad lo hacen por tradición y filantropía.

La manera en que los enfermos mentales son tratados en Geel es inusual. A través de la historia, cuidar de esas personas ha sido la responsabilidad de las familias biológicas, lo que no siempre es mejor a que el cuidado esté en manos de un extraño. En la Europa medieval los familiares solían encerrar a sus enfermos mentales en sótanos o pocilgas. Práctica que aún se encuentra en lugares como China, donde el sistema psiquiátrico decayó masivamente después de 1949, cuando en la sociedad racional del nuevo gobierno comunista no se dictó disposición alguna para las enfermedades mentales. Aun así, a medida que el país se urbaniza y crece económicamente, han aumentado las exigencias por la salud mental. En 2012, China instauró -a nivel nacional- su primera ley de salud mental.

Este parece ser una evolución natural. El ascenso de la psiquiatría en Estados Unidos coincide con el boom económico de la posguerra. Las encuestas de la Organización Mundial de la Salud muestran que los gastos en salud mental se incrementan considerablemente cuando el PIB por persona alcanza los 20 mil dólares, el mismo nivel en el que las personas comienzan a adquirir seguros, yogur y otros beneficios propios de la clase media.

Hay dos factores que explican esto: por un lado, las sociedades más ricas dedican más recursos al diagnóstico y tratamiento de la enfermedad mental, y por otro, las sociedades más viejas tienen más personas con demencias. China está camino a convertirse en ambas: rica y vieja. Este cambio usualmente viene acompañado de la exigencia de que la sociedad debe asumir un mayor costo para tratar enfermedades mentales, costo que para una sola familia se puede volver muy pesado.

Estadísticamente, la relación entre enfermedad mental y desarrollo es una nueva evidencia de una vieja teoría. Desde el siglo XIX, las personas han argumentado que las enfermedades mentales son un precio que hay que pagar por el progreso. En su obra El malestar en la cultura, Sigmund Freud popularizó la noción de que la neurosis aumenta en conjunto con las ganancias. Antes de Freud, George Beard, un neurólogo estadounidense, se había dado cuenta de que un desorden neurológico que denominó como neurastenia estaba en ascenso. Lo adjudicó a la aceleración de la vida moderna, incentivado por el telégrafo, el ferrocarril y la prensa.

El término neurastenia desapareció del léxico psiquiátrico en Estados Unidos, pero disfrutó de una larga vida en China. El mismo Mao dijo haber sufrido de dicha condición. El término perdió validez recién cuando el antropólogo de Harvard Arthur Kleinman realizó un trabajo en China en 1980 y concluyó que los síntomas de la neurastenia eran prácticamente los de la depresión. Hoy, la tasa de diagnóstico de depresión en China, enfermedad desconocida allí hace 20 años, está casi al mismo nivel que en el resto del mundo.

Esto no es porque el progreso económico que China ha experimentado en las últimas tres décadas haga que las personas se enfermen. Más bien es la combinación del poderoso efecto que tiene el hacerse más rico sobre los diagnósticos y por los estándares modernos más castigadores hacia el comportamiento normal que establecen los trabajos en el sector de los servicios. Lidiar directamente con clientes tiene diferentes exigencias en el cerebro que trabajar en una fábrica o en la tierra.

Las encuestas sugieren que la frecuencia de las enfermedades mentales graves -como la esquizofrenia (una condición que se caracteriza porque el que la padece escucha voces) y la bipolaridad (que causa cambios de humor de manera extrema e incontrolable)- tiene una tasa constante de 1,5 al 3 por ciento de la población mundial. Contrario a eso, la frecuencia de trastornos mentales leves varía muchísimo más. Esto se aplica a trastornos como la depresión común, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, déficit atencional, entre otros. En el mundo rico, todas estas condiciones juntas afectan a cerca del 20 por ciento de la población.

La OCDE -conformada prácticamente solo por países ricos- reconoce que, directa e indirectamente, el costo de las enfermedades mentales ya excedió el 4 por ciento del PIB en algunos lugares. Un informe de la Escuela de Salud Pública y el Foro Económico Mundial dice que entre 2011 y 2030 los trastornos mentales a nivel mundial costarán más que las enfermedades cardíacas, la diabetes o el cáncer.

Esto ocurre porque en la ausencia de una definición precisa de lo que es una enfermedad mental, los trastornos, síndromes y rasgos del carácter que son considerados como enfermedad son en realidad descripciones de síntomas que suelen cambiar. En Estados Unidos, las compañías de seguros de salud determinan lo que es y no es enfermedad de acuerdo a la definición del libro de la American Psychiatric Association’s: Diagnostic and Statistical Manual (DSM). En cada edición se quita algún trastorno y se agrega otro.

En busca de un camaleón

A principios del siglo XX era común en Occidente que a las personas les diagnosticaran desórdenes nerviosos, que hoy han sido reemplazados por condiciones de ansiedad y depresión. Los síntomas cambian no solo a través del tiempo, sino que también dependen del lugar en el que se desarrollan. «Para decir que alguien tiene un trastorno conductual no tiene el mismo significado en Mozambique que en Manhattan», dice Shekhar Saxena, quien dirige el área de salud mental de la OMS. En algunas partes escuchar voces se considera normal, incluso deseable si es parte de una experiencia religiosa. En otro lugar puede considerarse como una causa para prescribir un medicamento antipsicótico. La diferencia es subjetiva: los psiquiatras comúnmente se interesan solo en aquellas voces que son angustiantemente insistentes o que dicen cosas desagradables.

Otros factores que afectan el registro de la frecuencia de enfermedades mentales tiene que ver con la voluntad de las personas de hablar o no sobre eso. Algunos pueden no querer admitir que están teniendo problemas. Por otra parte, las condiciones para ser considerado como un individuo que necesita asistencia social -y por lo mismo indicado para recibir dinero- podrían ser un incentivo para que las personas quieran ser diagnosticadas de ansiedad o depresión.

El diagnóstico es también sensible a los avances farmacéuticos. La actual popularidad de los antidepresivos -una de cada 10 personas consume en Estados Unidos- tiene mucho que ver con el éxito que encontraron las farmacias en una administración de fármacos segura y sin efectos secundarios desagradables. Los antidepresivos que actúan sobre la serotonina -un neurotransmisor que influye en el estado de ánimo- han existido desde mediados del siglo pasado, pero su uso se masificó solo cuando se desarrollaron drogas como el Prozac, considerada como buena y segura y, por lo mismo, fácil para recetarla a las familias. Antes de eso, los doctores se contentaban con tranquilizantes.

La era irracional

Por la dificultad de definir y medir las enfermedades mentales, es muy fácil olvidar lo graves que pueden llegar a ser. Uno de los criterios que son ampliamente usados es el de «Años de vida ajustados en función de la discapacidad (AVAD)», que la OMS define como un año perdido de vida «saludable», es decir, libre de discapacidad tanto física como mental. Actualmente los trastornos mentales representan una parte significativa de los años de vida perdidos.

Una manera más objetiva de medir y que es utilizada en la mayoría de los sistemas de salud es la tasa de suicidios. En Detroit existe una alta tasa de asesinatos, alto desempleo y mucho abandono, por lo que clasifica en cualquier definición de un entorno estresante. El Henry Ford Health System, que recibe a gran parte de la población de esta ciudad, ha enfrentado el suicidio entre sus pacientes con una evaluación sistemática del riesgo al que se enfrentan.

En 2009, con los efectos de la crisis financiera, el Henry Ford Health System logró bajar a cero la tasa de suicidio de sus pacientes, pese a que no hay manera de detener a aquellos que tienen la determinación de suicidarse: «Cuando alguien te dice que quiere hacerlo parecer como un accidente para que su familia obtenga el seguro de vida, te das cuenta de que la situación es grave», dice Doree Ann Espiritu, del Henry Ford. Aun así, muchos suicidios ocurren como un acto de desesperación del momento, que podrían prevenirse con redes debajo de los puentes, dificultando el salto hacia las líneas del metro y controlando el acceso a grandes cantidades de calmantes.

Gracias a la relación entre el desarrollo económico, el envejecimiento y la enfermedad mental, las próximas décadas probablemente se caracterizarán por ser una era irracional. Por esto vale la pena poner atención a Geel, que llevan 500 años preocupados de las personas con trastornos mentales. Lo que más llama la atención es que todo parece tan normal: la plaza con su falso pub irlandés o la música pop que suena a un volumen adecuado en la mitad de la calle de las compras y con un sistema que trabaja los trastornos mentales con principios de dignidad, franqueza, bondad y paciencia. Toda sociedad del mundo debiera poder adoptar esta práctica.

Fuente: Revista El Sábado, El Mercurio

Profesional Destacado:

Dra maria jose leon

MARÍA JOSÉ LEÓN

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