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Soñaba con cambiar el mundo y terminé trabajando como todos

¿Recuerdas aquel tiempo de primera juventud cuando vivías relajado pensando en cómo sería el futuro?

Mirabas a tus padres y seguramente, muchas veces pensaste, al verlos tan cansados,  sin tiempo real para compartir,  “yo no quiero eso para mí, definitivamente lo haré distinto”.

Seguramente el idealismo propio de la juventud te invitaba constantemente a cambiar el mundo, a pensar que todo podía ser diferente y que si sumábamos fuerzas, eso que tanto criticábamos, dejaría de existir.

Y han pasado los años, y te miras realizando tu trabajo, con días de gozo y días de desgano, cayendo el rutina, permitiendo que los días pasen sin siquiera darte cuenta. Te levantas temprano, vas a tu trabajo, siempre con mil cosas que hacer y el tiempo insuficiente para lograrlo, agobiándote, estresándote y llegando con extremo cansancio al hogar. Sueñas con tener el tiempo suficiente para compartir con tu familia, para tener tiempo con tus amigos y para realizar actividades que te gustan y relajan, pero a veces parece imposible. El fin de semana el cansancio te mata y terminas en eternas siestas para caer en la rutina nuevamente al llegar el lunes.

Probablemente, más de alguna vez has pensado “soñaba con cambiar el mundo y terminé trabajando como todos”. Hoy quisiera hacerte una invitación. A volver a soñar y trabajar de una manera distinta.

El tiempo nos invita a renovarnos, a vivir realmente. Es posible volver a soñar, es posible cambiar el mundo y es posible también, no trabajar como todos. El sueño de la juventud no puede quedar guardado en un cajón. De ser así, ¿qué queda para nosotros hoy? ¿Y para las generaciones futuras? La invitación es a cambiar tu foco de atención.  A trabajar para hacer la diferencia y no a trabajar para vivir (menos aún vivir para trabajar).

En esta línea, también es central otro concepto. Hemos escuchado muchas veces la idea del equilibrio entre la vida y el trabajo. Suena interesante. Implica lograr dejar tiempo suficiente y de calidad para poder vivir en “ambos mundos”. Sin embargo, lo que aquí te propongo es pensar en la integración de la vida y el trabajo. La integración de tu mundo personal con el laboral. Somos, en parte, lo que hacemos. Nuestra profesión u oficio es parte de nuestra identidad como personas. Y  si es parte de la identidad, entonces no podemos dividirla. La identidad es una sola, permanente en el tiempo y no depende del lugar. Sólo en la medida en que seamos nosotros todo el tiempo, seremos realmente felices.

Y así, si somos de aquellos que buscamos siempre el logro, la meta, el ascenso, creyendo que ello nos conducirá al éxito y entonces seremos felices, deja de perder tu tiempo, porque significa que no estás prestando atención a lo que mencionaba anteriormente. TE LO ASEGURO, no alcanzarás nunca tu meta. El camino es diferente. Sólo la felicidad te conducirá al éxito, porque la felicidad en sí mismo ya es el éxito. Si no integras los distintos elementos de tu vida, siempre estarás en deuda con tu propia felicidad (y me pregunto además, ¿acaso eso es vida?). En cambio si lo haces, verás cómo aparecen cambios importantes en tu vida. Verás incluso, mayor productividad de tu parte, más ganas de hacer distintas cosas, seguramente lograrás un mayor con la empresa y también con tu trabajo, serás más creativo, disfrutarás más de tu quehacer y tendrás un mejor ambiente laboral.

Vi una frase en el metro que captó por completo mi atención. ¿Eres de aquellos que van al trabajo o de aquellos que van a su trabajo? Si eres de éstos últimos te felicito. Seguramente, aún pones tu esfuerzo en cambiar el mundo y ser feliz.

Columna escrita por Pilar Zurita, Psicóloga de la Universidad Diego Portales y Jefa de Trabajo Feliz

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